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El síntoma, mi obra maestra[1]

 

 Por Eduardo Suárez
(Psicoanalista, miembro de la EOL y la AMP, docente en la Facultad de Psicología- UNLP) 

Lacan en su texto Lituraterre de 1971, fija una posición respecto de la crítica literaria que es generalizable a toda la crítica del arte por parte de los psicoanalistas. Bien leído, realmente es implacable. Según él los psicoanalistas no tenemos nada que aportar en esa materia. Al contrario, pone bajo sospecha al analista que se dedica demasiado a una actividad de ese orden. Tal vez, afirma, eso constituya una prueba de que no anda muy bien en su oficio.

Por supuesto, hay que ponderar el contexto, dominado en ese momento por los fuertes debates con todo lo que se producía en la revista Tel Quel y en particular con J. Derrida, pero ello basta para mostrar que la posición de Lacan acerca de las relaciones entre el psicoanálisis y el arte en cierto sentido no fue la misma que la de Freud. Esto ha sido muy discutido, pero creo que vale la pena insistir, porque es su punto de llegada lo que nos sirve. Para decirlo sencillamente, según Lacan, lo que un analista debería buscar tanto en la literatura, como en la pintura, como en el cine, en fin, en cualquier producto de la actividad artística, es aquello que el psicoanálisis no sabe y que las obras nos pueden enseñar.

Es importante aclarar que eso que no se sabe, no se trata de algo que simplemente se ignora, como puede ignorarse algo que corresponde a otro campo; no, se trata de lo que no se sabe pero que encontramos produciéndose en el corazón mismo del dispositivo analítico. Podemos decir entonces que, si bien Lacan tiene una posición escéptica acerca de la crítica del arte de orientación analítica, no obstante, espera que los analistas puedan leer en la obra de arte aquello que el psicoanálisis produce, descubre o circunscribe, pero que no sabe. Él mismo lo ha realizado en numerosos recorridos, por ejemplo, en sus estudios sobre el Banquete de Platón con la finalidad de extraer algo acerca del amor de transferencia, o en el texto de Edgar Alan Poe, “La carta robada” para conceptualizar mejor el tema de la compulsión de repetición. Dos ejemplos que sirven para oponer la apelación a la obra por un interés crítico del interés analítico al momento de forjar conceptos fundamentales.

Es entonces desde esta perspectiva que me gustaría destacar algunos puntos sobre esta película que, como siempre sucede superan las buenas intenciones de sus realizadores. En efecto, Gastón Duprat decía en un reportaje que quería mostrar en su película cómo una amistad entre dos hombres trasciende las peores contingencias de la vida. Por nuestra parte podríamos decir que habla de lo incurable, de lo inadaptable, de lo que no entra en la norma. Su personaje principal, Renzo, y el arte que produce, no entran en la norma, y la película nos muestra eso, como ese artista persiste y persiste en su camino hasta el final. Es interesante porque dentro del psicoanálisis vemos esa persistencia. La llamamos síntoma, y se aísla al final del tratamiento como algo incurable que se repite, algo que si bien se reduce permanece como irreductible a las operaciones del sentido.

Esta película habla de esto y nos plantea la pregunta acerca de qué y de cómo hacer, o cómo arreglárselas con ello. Incluso todo lo que comporta su guion de comedia proviene de allí: de las desventuras del tratamiento de lo incurable.

Tenemos al personaje del artista, el intratable, y también al otro, Arturo, el personaje del galerista, un comerciante que está todo el tiempo tratando de hacer entrar ese producto de la pulsión que se manifiesta en la obra del artista y al artista mismo, en el circuito comercial. Trata sin lograrlo que el artista se adecúe a los tiempos que corren, que dé notas periodísticas, que produzca obras a pedido o que se comporte como normal; quiere hacer del artista y de la obra un objeto comprable y vendible, que armonice con el gusto del Otro y finalmente se adapte al lazo social ambiente, al discurso del amo, del amo moderno, que es, bien dicho, el amo capitalista. El artista es el síntoma y, con las mejores intenciones, Arturo pretende hacerlo obedecer a los imperativos de ese Otro.

Decía que lo que el film tiene de comedia aparece en este punto, en mostrar cómo eso fracasa del modo más estrepitoso dejando en ridículo al que toma bajo su cargo a esa función. Incluso cuando todo parece ir bien y el síntoma obedecer, cuando Renzo está haciendo la obra para una familia empresaria, justo en el punto en que eso debería coronarse con una foto y una celebración, la del casamiento del síntoma con el amo, hay un rebrote del goce que irrumpe bajo la forma de una obscenidad que el artista coloca a último momento en el centro de la obra. Ese el momento en que Arturo se da por vencido, “te gano ese salvajismo” le dice, “Espero no verte nunca más”.

Pero, como siempre, el síntoma retorna. Y luego de un accidente los tenemos de nuevo juntos. Renzo y Aturo, Arturo y Renzo. En este nuevo retorno hay una reconciliación, una nueva alianza que fija la obra en un tiempo anterior que, fraude mediante, ambos acuerdan matar simbólicamente al artista, haciendo que la obra cotice cada vez más y continúe en vigencia. Pero nuevamente aparecen las buenas intenciones, representadas en este caso por Alex el “Boy Scout”, que quiere denunciar esa oscura formación de compromiso y amenaza con desbaratar los planes. Alex debe ser asesinado. La cosa queda en la intención por casualidad. Entonces un secreto queda y Arturo dice que lo habla con su psicoanalista. El secreto que remite al resto de culpa sólo se disolverá cuando la prosecución de la acción vuelva las cosas a la normalidad. Esa normalidad, como bien dice la voz en off al comienzo de la película, que se instaura a partir de la propia obra. De esta manera, podemos afirmar que es la obra maestra la que fija el destino de los personajes.

Para concluir diría que hay en cada uno de nosotros una obra maestra, que no es el inconsciente sino el síntoma. El tratamiento del inconsciente en un análisis nos puede ayudar a que esa obra se manifieste en nuestro mundo y nos abra una nueva posibilidad de lazo con el otro, más allá de las buenas o malas intenciones. Como se dice al inicio del film, no necesitamos entenderla en base a una realidad a la cual se referiría. Necesitamos experimentar la realidad que ella crea por sí misma. Experimentarla, continuarla, y disfrutarla, diría.

El final nos vuelve a hacer aparecer las exigencias del discurso. Al galerista pretendiendo de nuevo hacer obedecer al síntoma, justo cuando el sujeto puede disfrutarlo y estar a favor de la vida, como dice Renzo, parafraseando a Woody Allen, “en contra de la muerte”. Esa es su insistencia, insistencia que sobre el final se ve que tiene que ver con la vida y no con la muerte. La vida pulsional simbolizada por el gusto por una grapa, pero también por la contemplación de un paisaje que evoca ese goce que no pasa por el lenguaje.

La película nos habla de la insistencia del síntoma, pero nos muestra algo que no se encuentra muy seguido en nuestras reflexiones: el hecho de que, aunque ya se haya producido el consentimiento al goce del síntoma, las buenas intenciones no dejan de insistir.

[1] Texto realizado a partir del comentario de la película Mi obra maestra (dirigida por G. Duprat) para uno de los encuentros del Ciclo de Cine y Psicoanálisis 2019.

 

Ensayo sobre “las buenas intenciones”: una mirada desde el Derecho

Por Dra. Marina Benítez Demtschenko
(Abogada, presidenta de la Fundación Activismo Feminista Digital)

“Uno es lo que hace, no lo que dice”, reza Renzo Nervi encarnado por Luis Brandoni, en la primera media hora de la película que nos encuentra en este nuevo encuentro de “Ciclo de Cine y Psicoanálisis”, para el que fui convocada.

La frase –que parece trillada-, encierra una lógica que para el Derecho tiene suma importancia: la preponderancia de los actos. Los actos desde la perspectiva jurídica, son aquellas acciones que realiza una persona, como exteriorizaciones de su voluntad y que producen efectos que la ley prevé y para lo cual, establece consecuencias que impactan tanto para el sujeto como para otras personas.

La voluntad, es un elemento esencial a la hora de determinar la validez de los actos jurídicos como tales; es aquella manifestación consciente que mueve al sujeto a realizar tal cosa o a abstenerse de realizarla. No hay voluntad y por ende, no hay validez cuando se ve afectada alguna de las facetas que la componen: el discernimiento, la libertad o la intención. Todo esto es estudiado en la órbita legal a lo largo de lo que se llama “Teoría de los Actos Voluntarios”, y resulta para el Derecho una de las piedras angulares que luego determinan las resoluciones judiciales cuando se examinan hechos de toda índole y se debe llegar a una conclusión que por supuesto, haga Justicia.

La “intención” en el Derecho se estudia en este marco, pero tiene una omnipresencia constante cuando se examinan los actos de las personas en todo contexto. Es decir, que influirá la intención del sujeto en todos los fueros (civil, penal, etc) ya que ello es lo que lo coloca –de alguna manera-, como ejecutor del resultado y pasible de sufrir las consecuencias de forma directa (entre otros elementos que se consideran a la hora de juzgar).

Cuando hablamos de intención, podemos encontrar dos variables en el ámbito penal: el dolo y la culpa. En el ámbito civil, se estudian en los conceptos de “responsabilidad subjetiva” y “responsabilidad objetiva”. Pero atengámonos a lo penal.

El dolo supone la explícita presencia de la intención a la hora de causar el resultado que se terminó generando (no importa si es bueno o malo, sino que se hace foco en el efecto que tuvo tal acción eventualmente) y la culpa, por el contrario, la no intención de él y por ende, una suerte de juego de alguna de las circunstancias también estudiadas desde el Derecho: la negligencia, la impericia, la imprudencia o la inobservancia de las normas.

Cada una de estas instituciones, como podrá notarse, tiene su desarrollo profundo y su impacto particular a la hora de regular y sentenciar sobre la conducta humana; en el fuero criminal, particularmente, adquiere un análisis específico porque se entiende que el Derecho Penal tiene una entidad tal (a nivel sociocultural y en pos del orden público) que amerita el desguace y análisis pormenorizado de la cantidad de variables que pueden presentarse frente a y para, la comisión de un delito.

Por eso hablar de “las buenas intenciones” en el ámbito jurídico, rara vez importa. Además, es dable tener en cuenta que “lo que no se puede probar, no existe” (en un expediente), y esto no es menor: ¿Cómo podrían probarse las “buenas intenciones” si pertenecen estrictamente a la esfera psíquica, incognoscible para el entorno de quien la porta? Está la posibilidad de jugar con los indicios, con los “principios de prueba” y hasta con suposiciones basadas en los antecedentes jurisprudenciales en casos similares. Pero la psiquis humana para el Derecho, es solo su exteriorización aparente. Y nada más.

Como bien dice Arturo (personaje de Guillermo Francella) en uno de sus tantos monólogos en off: “Al debate interno lo hablo sólo con mi psicoanalista”. Y así es como el Derecho queda rezagado para comprenderlo.

Por eso la norma actúa en el momento en que la exteriorización del sujeto -en tanto ser gregario y social- tiene lugar y produce consecuencias jurídicas sobre sí o sobre otros y otras. Las buenas intenciones no menguan la respuesta de la ley, salvo cuando detrás de un acto jurídico hubiera falta de intención para generar el efecto final, porque habría entonces falta de voluntad, como expliqué arriba.

En conclusión: la intención mala es lo mismo que la intención buena. Lo que el Derecho prevé es que no existiera en ninguna de sus facetas.

A lo largo de la película, podremos observar múltiples instituciones jurídicas que a cualquier profesional del Derecho no nos haría vacilar en cuanto a la culpabilidad de los actores. Porque no nos enfocamos en si lo que hizo, fue hecho con amor, abnegación a una causa o en función del valor de la amistad. Hacemos hincapié en los efectos del acto, en la presencia de plenas capacidades psíquicas del sujeto para hacerlo, y en si el sujeto lo sabía.

El encubrimiento, la coautoría, la tentativa, son figuras muy presentes a lo largo del relato que por supuesto al inmiscuirse las motivaciones antes que sus resultados, tendrán una lectura distinta desde el plano de la Psicología. Todas engloban directa o indirectamente a la intención y juegan roles importantes en la impartición de Justicia por sí mismas. De hecho, la tentativa por ejemplo, sí penaliza la intención. Pero es la única figura que encuentro más o menos adecuable al debate que estamos desarrollando. Y aún así, podríamos extendernos horas intentando encontrarle fallas de inconstitucionalidad a dicho establecimiento normativo.

En definitiva, resulta muy enriquecedor lograr espacios de intercambio interdisciplinario como el propuesto. Las ciencias humanas por ser tales, son abordables desde tantas perspectivas que a veces parecería ilimitado su estudio y entendimiento. Y debemos sentirnos llamados y llamadas siempre a escuchar la lectura del campo del conocimiento desconocido.

De hecho, me quedó resonando fuertemente la reflexión de mi compañero de debate, que desde la perspectiva psicoanalítica concluyó: “Mi Obra Maestra refiere a la elucubración mental, al armado de una estrategia para el cumplimiento de un fin; en definitiva: la ejecución de la intención”.

Para mí, la película encierra un entramado de múltiples delitos con un resultado favorable para quienes los cometieron: que sus actos voluntarios no hayan podido probarse.