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Un brote del lenguaje… de – Nudo(s)[1]

Por Jorge Daniel Estanga
(Practicante del psicoanálisis, coordinador en DialHogar dispositivo especializado en adicciones)

Brote: Planta que nace o sale de la tierra.

Brote- Psicótico: Se define como una ruptura de la realidad.

¿Qué operó allí, en los confines de la tierra, en ese infierno condenatorio, para que hoy podamos hablar de un brote y no de otro? ¿Qué los salvó?

“No es sin costo ponerle la escucha a un testimonio. Hay algo de lo insoportable que uno se decide a soportar. La memoria teje. Y no se teje sin agujeros. En esos agujeros, algo de la verdad emerge y repara si hay alguien que aloje, la posibilidad de lo imposible”. Afirma la psicoanalista Mariana Wikinski en su libro El trabajo del testigo. La película juega mucho con esto. El tapial con agujeros; los agujeros del colador; la interferencia del principio en el transmisor. Lo intransferible, lo inasible, ese agujero que siempre remitirá a lo real.

El arte nos presta un velo para acercarnos a algo del orden de lo imposible. De hecho accedemos a esta historia gracias a una novela – que vela y no – vela la cruda realidad de tantas noches en vela. Una vela oscura que no alumbra pero que quema. Quizás por eso se hable de re- velación cuando “salen a la luz” estos relatos. Dando cuenta de que aquello que se de-vela tiene que volver a ser reprimido/tapado para que nuestro psiquismo pueda soportar lo insoportable.

La primera pregunta que me surge en relación a La Noche de 12 años es: ¿Dónde está el odio en la película? ¿Dónde aparece? ¿Podemos habla de odio? “Te deseo lo mejor” Fueron las últimas palabras de Pepe antes de salir de Prisión. El Ñato Huidobro se queda limpiando “para los que vengan”. “De la ciudad de la PAZ” es lo primero que se escucha en la película, en ese transmisor con interferencia. Se escucha de modo intermitente los significantes: la paz- los guerrilleros- el amor. Por suerte con interferencia. El sin cesar es abrumante. Lo perpetuo es insoportable.

Mujica sale de la cárcel con la planta en la mano y se sube a un Micro que luce reluciente el escudo de Mercedez Bens con la bandera Uruguaya detrás flameando esplendorosa. Nada más parecido al símbolo de la paz que el escudo de Mercedes. La película “hace tan bien su trabajo”, que nos hace creer que el odio no está, que no aparece. Cuando en verdad está presente en cada molécula del aire. El Director nos marea, nos hace perder la cuenta a nosotros también, nos envuelve en esa misma lógica que tiene atrapados a los prisioneros. Mi apreciación personal es que el odio no aparece sino en sus efectos. De manera indirecta, sutil, silenciosa. Tan mortífero, tan coagulante que doce años pueden caber en una sola noche. O mejor dicho, una noche puede durar doce años. El odio coagula, detiene, destruye, saquea, desmantela. Eso sí, con la mejor de las intenciones.

Lacan afirma en La ética del Psicoanálisis: “la voluntad de hacer el bien, desde el punto de vista moral, político, o religioso, enmascara siempre, una insondable agresividad”. “El infierno está lleno de buenas intenciones. Este es tu infierno” le dice el comisario a Huidobro. “Nos llevó años ganar esta guerra, y recordemos que la humanidad siempre fue salvada en su último momento por un pelotón de fusilamiento”.

“Vencer o Morir” se lee de fondo mientras la madre de Pepe Mujica yace inquebrantable debajo de la lluvia esperando una respuesta en relación al paradero de su hijo. El efecto más desbastador de todo esto es el arrasamiento, el desgarramiento, el aplastamiento, la destrucción, la desaparición del sujeto, del ser. Son restos de seres humanos resistiendo para no convertirse en animales.

La tortura es tal que arrastra a los personajes hacia sus raíces mas primitivas, los de-humaniza. Los hace bestias ancestrales, animales. Hablar de celdas es realmente un eufemismo, los protagonistas son arrojados a agujeros negros donde sobreviven en posición fetal. Nada más parecido a las entrañas mismas de donde vinieron. Los deja caer del lado de la Naturaleza en las antípodas de la Cultura. Los des-nuda y los des-anuda, privándolos de aquello que nos hace humanos, sujetos, cultura: la palabra, el lenguaje, y el trabajo con las manos. “Necesito usar las manos. Hace años que no leo ni escribo Doctora. Lo necesito para ordenar mi cabeza” dice Mujica al borde de la locura. Les han prohibido la palabra y a su vez los han privado de poder usar sus manos. Generalmente esposados, limitados, coartados. Por suerte, de modo fallido.

Ahora bien, del lado “de los milicos” como dice Pepe Mujica, el Odio aparece materializado en forma de resolución: “A Partir de ahora, no pueden hablar, ni entre ustedes, ni con nadie. Todos los soldados tienen prohibido dirigirles la palabra”.

En palabras de René Kaes: “La impunidad amenaza lo simbólico”.Cuando el silencio es imperativo, el grito es el único recurso”. Afirma Rosencof, en Las cartas que nunca llegaron. Y agrega contundentemente: “El silencio es el verdadero crimen de lesa humanidad”.

Freud nos enseñaba en El malestar en la Cultura, que “la pulsión de muerte es muda”. El silencio muchas veces es aliado de la muerte, de desesperanza. “Los que entráis aquí, perded toda esperanza” se lee en una de las primeras celdas de detención. Y por suerte, hubo esperanza. Hubo algo que posibilitó un renacimiento, un viraje, una transformación de naturaleza a cultura. Desde el inicio para Freud la palabra y la ley nos hacen cultura. Pero ello conlleva una renuncia, y por ende un malestar. “Discutir con vos es como hablar con una pared” – le dice el Ruso al Ñato en una discusión por una partida de ajedrez. El enunciado mismo nos muestra una paradoja de resurrección. Por suerte algo del orden del lenguaje pudo perforar ese muro. Jugaban ajedrez, escribían poesía, sacaban cuentas complicadísimas de probabilidades, y hasta inventaron un nuevo lenguaje.

Rosencof se suena los huesos antes de ponerse a escribir para el comisario. Algo suena, algo hace ruido, algo se quiebra, algo se rompe. El lápiz, el papel, la escritura, el lenguaje fueron las nobles armas con las que pudieron pasar – mientras ese “Proivido pasar” se anunciaba en esa línea de cal dibujada bruta y torpemente por el carcelero en las celdas.

Las escenas y referencias van y vienen, tejen. Se entrecruzan mientras el oficial arriba, golpea la puerta para poder pasar, abajo, los prisioneros golpean las paredes, también para poder pasar. Es así que planteo el segundo interrogante: ¿Qué fue lo que los hizo resistir? ¿Cómo pudieron tramitar todo esto? ¿Qué los salvó? ¿El fútbol? ¿El amor? ¿El lenguaje? ¿La escritura? ¿Las manos?

Creo que los salvó un lenguaje de nudo. Como si algo del orden de lo borromeo, de nudo, hubiese posibilitado justamente anudar los registros que poco a poco se fueron deshilachando. Estructurar, vertebrar, instaurar el lenguaje nuevamente allí de donde fue arrasado, fue lo que los salvó, eso fue lo que enlazó los tres registros de todo sujeto hablante. Golpeando los dedos- de-dos. De otro, del otro lado. Forjando un nudo que vista algo de un cuerpo des- nudo. Desnudo de lenguaje.

Rosencof cuenta en una entrevista, que uno de los detenidos era cirujano y estaba todo el tiempo haciendo nudos con lo que encontraba, para no perder la motricidad. “El nudo” sin dudas ha sido la operación vital que les permitió hacer lazo más allá de los muros, más allá del horror.

La primera pregunta que me hice fue en relación al Odio, la segunda es en relación al Amor. Lo que los salvó fue el AMOR (A- MOR significa no muerte). El amor en sus distintas versiones. El amor de compañ-EROS (Compañeros Tup-AMAROS). El amor de los cárcel-EROS con quienes se dio una insólita complicidad para enamorar a una mujer, capaz de conjugar cárcel y amor, capaz de enternecer el más hostil de los escenarios. El amor de masas- “El pueblo unido, jamás será vencido”. Y el amor de Madre: “Escuchame a mí, yo soy tu madre. Los únicos derrotados son los que bajan los brazos”.

Lacan dice en El Seminario 20 Aun que – “El más grande amor, acaba en odio”. Bien podríamos invertir la frase, y decir que en este caso, el más grande odio acabó en amor. En el amor gritado con fiereza: “Mi yerba y mi pelela. Quiero mi yerba y mi pelela”. Bien clarito, la yerba y la pelela, la fórmula del amor mancomunado. El brote que convirtió el horror en esperanza. Regado por el amor materno. Germinado con la paciencia, la tenacidad y la templanza de la madre de Mujica, de la madre de la Patria.

Referencias bibliográficas:

  • Wikinski Mariana. El trabajo de testigo. Testimonio y experiencia traumática. Ed. La Cebra. Bs. As, 2016
  • Rosencof Mauricio. Las cartas que no llegaron. Ed. Alfaguara, Bs. As. 2002.
  • Rosencof Mauricio, Fernandez Huidobro Eleuterio. Memorias del calabozo. Ed. Txalaparta. 1993.
  • Kaes Renè. La impunidad. Una perspectiva psicosocial y clínica. Ed. Sudamericana. 1994
  • Freud Sigmund. Obras completas. XXI. El porvenir de una ilusión, El malestar en la cultura y otras obras. Amorrortu editores. 1927-1931
  • Lacan Jacques. Seminario 20. Aún. Ed. Paidós
  • Lacan Jacques. Seminario 7. La ética del psicoanálisis. Ed. Paidós.[1] Trabajo presentado en el encuentro del Ciclo de Cine y Psicoanálisis del 25-04-2019. La película que se trabajó en esa ocasión fue La noche de 12 años. Centro de Arte, UNLP.