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La fraternidad … imposible[1]

 

 Por Alma Pérez Abella
(Psicoanalista, miembro de la EOL y la AMP, docente en la Facultad de Psicología – UNLP)

Cuando Juan Iberra vio
que el menor lo aventajaba,
la paciencia se le acaba
y le armó no sé qué lazo
le dio muerte de un balazo,
allá por la Costa Brava.
Sin demora y sin apuro
lo fue tendiendo en la vía
para que el tren lo pisara.
El tren lo dejó sin cara,
que es lo que el mayor quería.
Así de manera fiel
conté la historia hasta el fin;
es la historia de Caín
que sigue matando a Abel.
(Borges – fragmento de Milonga de dos hermanos)

Todas las noches una última cena, el final y el comienzo se anudan. De entrada hay un guiño hacia el espectador al introducir al principio de la película una imagen del cuadro de la última cena de Leonardo Da Vinci, no solo porque se trata de una última cena, sino porque en cada historia aparece lo que de los goces no encaja en los ideales propios de la religión.

La cena de los hermanos Escudero, traficantes de efedrina por herencia, nos permite elucidar algunas cuestiones sobre el tema propuesto. ¿Qué los une? ¿Qué los fuerza a compartir la mesa? Mal que les pese a ellos mismos, no los une el amor – ni entre ellos ni con sus parejas, lo que los une es la empresa, los negocios, el dinero, la cocaína y el odio. Ninguna posibilidad de encuentro.  

Esta versión moderna de la hermandad muestra algunos relieves por los cuales, ayer como hoy, es imposible cumplir con uno de los mandatos más extendidos por la religión, el famoso “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, y en consecuencia interroga el lazo fraterno, que como saben no solo abarca a los hermanos de sangre, incluye distintos lazos por fuera de lo familiar, como ser los de amistad. Freud en El malestar en la cultura se pregunta: ¿por qué deberíamos amar al prójimo al igual que se ama a sí mismo? ¿De qué nos valdría? ¿Cómo sería posible? Si amo a otro él debe merecerlo, y lo merece si en aspectos importantes se me parece tanto que puedo amarme a mí mismo en él”[2].

Para el tema de este encuentro jugamos con el reverso de ese mandato, “odiarás a tu prójimo como a ti mismo”. Desde el psicoanálisis sabemos que los mandatos están porque naturalmente no se cumplen, es decir nadie ama a nadie de modo natural o porque sí, que prójimo es cualquier versión del otro, hermano, vecino, compañero de trabajo, hijos, etc., y que en el lazo con cada uno de ellos se juega una dosis de agresividad ineliminable que varía según los acontecimientos, pero que esa cuota de agresividad está y en ocasiones puede virar al odio, de eso nadie duda, razón por la cual desde el catolicismo más fanático se inventó el mandamiento, para que cuando las ganas de matar al prójimo, o abusar de él, robarle, pegarle o torturarlo, aparezca el mandato haciendo saltar los resortes de la culpa y el castigo.

Pero, en esta época las expresiones de agresividad y odio van en aumento, la segregación es moneda corriente, de hecho en cada historia de la película hay un tratamiento de esto, los sujetos y los grupos sociales con facilidad se fanatizan y de ahí al odio hay un paso. En ese encuentro los hermanos Escudero se dicen ciertas verdades que caen como cual espada de Damocles y llevan a un desenlace trágico. Me sirvo de dos frases para hacer una lectura de lo fraterno y las marcas de lo familiar, las que dan el tono afectivo al lazo, más cercano al odio que al amor.

Fraternidad divino tesoro: “¡Quiero saber cómo me van a cagar mis hermanitos!”

Es en el diminutivo por donde Lucas destila la agresión, “mis hermanitos” (Simón y Pedro) sumado a la sospecha de estafa y el tono irónico nos anticipan el tinte agresivo de una historia familiar. Partimos de considerar que la fraternidad sería una declinación hacia lo social de lo que el lazo entre hermanos es hacia lo intrafamiliar. Es decir que, la marca de la relación con los hermanos incide en la relación de cada sujeto con su partenaire, con sus hijos y en la comunidad a la que pertenezca. Aclaro que no se trata de que el lazo que alguien tuvo con sus hermanos se repita en todos los otros, no, sino que ese lazo deja marcas y esas marcas van a incidir en los otros lazos.

La fraternidad es una metáfora que hunde sus raíces en la vida familiar, es allí que hay que arreglárselas “entre” hermanos, arreglo que supone modos de gozar y anudamientos diversos, ligados al deseo materno (quién es el preferido de mamá y/o papá, el protegido o el despreciado, etc.) y el nombre del padre.

Freud y Lacan se ocuparon de mostrar que un hermano es una de las figuras del prójimo y que el mandato “Ama a tu prójimo como a ti mismo” es imposible. La cuota de agresividad que nos habita impide el amor puro ya sea de modo tierno o sexual, también estamos tentados de satisfacer en él la agresión[3]. “El otro representa la inminencia intolerable del goce (Lacan, S. XVI), “la presencia de esa maldad fundamental que habita en ese prójimo”. Pedro por su ambición, Simón con su tos perturbadora como síntoma de su impotencia y Lucas con sus excesos de consumo hacen palpitar la inminencia de lo desbordante. La maldad habita en cada uno de ellos[4]. Son versiones del prójimo como otro no amable, que potencialmente podría devenir amable en un segundo tiempo, si es amado, lo que en este caso no sucede.

Por estas tierras tenemos la versión Argentina del mandamiento, una versión hecha a medida del criollo de la nación naciente que llega de la mano de José Hernández en El Martín Fierro: “Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tenga unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos se pelean, los devoran los de afuera”. Decir que “los hermanos sean unidos es la ley primera”, es signo de que no lo es, no es ley que sean unidos, y no es primera, a lo que se agrega, para dar mayor consistencia a los fantasmas, que los de afuera devoran, ante esto la lucha cuerpo a cuerpo y la segregación son las salidas propuestas.

Si de asunto de fraternidad se trata es imposible no recordar los ideales revolucionarios propuestos por Robespierre en el año 1790: “libertad, igualdad y fraternidad”. Es en ese momento histórico en el que el término fraternidad cobró mayor fuerza, de los tres principios, sólo el último, la fraternidad, tiene sus comienzos “prácticos” en la familia y luego se extiende al campo social. En el caso de la igualdad o la libertad, surgen como principios político – sociales que son transmitidos como ideales en el interior de la familia, ámbito en el que la libertad y la igualdad son imposibles por estructura. No hay plena igualdad entre padres e hijos, ni tampoco absoluta libertad, más bien es relativa y se ganan porciones de libertad según cada momento.

¿Qué tratamiento de lo fraterno es posible? En los lazos lo importante es la pulsión más que el amor y el discurso analítico, se orienta por una ética que no segrega al sujeto de su propio goce para curarlo de “los males” o mejor dicho intentar curarlo de la pulsión, de lo pulsional no se cura a nadie.

La marca paterna: “Desprecio, eso es lo que nos hacía sentir papá, nos despreciaba”

Simón nombra aquello que estaba silenciado entre los hermanos, “un padre que desprecia” a sus hijos dejándolos en un lugar de resto poco velado por el amor. La repetición del trauma impide el encuentro, lo que se presentifica es ese padre que por despreciar es despreciado y en esa vía los tres quedan desorientados. En un juego de espejos, desprecian a sus parejas, se desprecian entre ellos y cada uno se desprecia a sí mismo. Nada permita hacer un lazo más ligado al amor o por lo menos al respeto, la consecuencia de esto toma cuerpo en los senderos del goce sin límite: a Lucas su adicción le consumió tres departamentos, Simón consume Rivotril a mansalva y a Pedro nada lo hace retroceder al punto de mandar a matar a uno de sus hermanos.

Desde Caín y Abel (primera representación de lo fraterno ligado a la preferencia paterna) la rivalidad imaginaria será el toque de queda. Uno será el elegido. Según el relato bíblico estos hermanos presentaron sus sacrificios a Dios en sus respectivos altares; al verlos, Dios prefirió la ofrenda de Abel a la de Caín ​quien enloqueció de celos y mató a su hermano.

¿Qué tipo de lazo es posible en una época en la que los fenómenos de odio y segregación van en aumento? La emergencia sintomática del término sororidad (sor – hermana) en contraposición a frater, a veces vira al fundamentalismo dando paso al “desvarío del goce”.[5] Fraternidad y sororidad se vuelven nombres que intentan cernir lo imposible de los lazos, incluso, en ocasiones, comparten la misma lógica discursiva, es decir, excluyen lo Otro. Pasan los días, pasan los años y se repite la misma milonga!

[1] Comentario a partir de la película El espejo de los otros. Director: Marcos Carnevale, 2015. Centro de arte, UNLP.
[2] Freud, S. (1930 (1929) El malestar en la cultura, Tomo XXI, Amorrortu, p. 106.
[3] Freud, S. (1930) El Malestar en la cultura. OC, T.XXI, Amorrortu, P. 108.
[4] Lacan, J. La ética del psicoanálisis. S. VII, Paidós, p. 225.
[5] Lacan 1973, p. 112.

 

El espejo de los otros y la parte escondida

Por Pablo Martínez Samper
(Filósofo)

Del lema de la Revolución Francesa, “Libertad, igualdad, fraternidad”, el concepto más problemático es, sin duda, este último. En la temprana infancia uno descubre que “la libertad” y “la igualdad” son palabras que no corresponden con la realidad.  Si pudiéramos ejercer la libertad probablemente hubiéramos faltado más a clase y si existiera la igualdad seguramente no viviríamos en el mundo tal y como lo conocemos ahora. Sin embargo “la fraternidad” es una palabra mucho más pegajosa y nos sigue acompañando en las distintas edades. Hasta tal punto este ideal sigue operando, de una forma más o menos oculta  en nuestras vidas, que si faltase sería el signo de que algo está andando mal. Este es el terror que pone en escena la película de Marcos Carnevale El espejo de los otros (2015). Una película construida bajo la fórmula episódica de Relatos Salvajes (2014) pero que reserva para su episodio final lo que aquella dejaba intocado, el odio entre hermanos.

Fragmento del grupo escultórico griego  “Laooconte y sus hijos”

El Seminario 19 de Jacques Lacan, como si de una obra dramática se tratase, terminaba de una forma similar: “Como de todos modos no debo pintarles únicamente el porvenir color de rosa, sepan que lo que crece, que aún no hemos visto hasta sus últimas consecuencias, y que arraiga en el cuerpo, en la fraternidad del cuerpo es el racismo. No dejarán de escuchar hablar de él.”[1] En 1972 Lacan daba la orientación fundamental del misterio de ese concepto que resume los dos anteriores, hay algo en la fraternidad que hace obstáculo. La fraternidad a diferencia de la igualdad y la libertad que parecen conceptos abstractos, libres de toda mancha como la matemática, se encuentra enraizada en el cuerpo. Y con los cuerpos comienzan las pasiones y los obstáculos. Principalmente para la filosofía que siempre consideró a todas las emociones, no sólo al odio, como un callejón sin salida, una vía muerta; emociones que no haría más que entorpecer el camino de la abstracción y de la razón. No fue hasta Hegel, como nos informa  George Didi-Huberman, que el pathos empezó a recuperar su dignidad frente al logos, “las cosas vivientes –escribe en su gran Enciclopedia de las ciencias filosóficas– tienen el privilegio del dolor”.[2] Entonces, nos podríamos preguntar, si las emociones fueron excluidas de la principal disciplina humanística, ¿Qué pasaba con ellas? ¿Cómo tramitar esa parte indecible de los sujetos? ¿Acaso los filósofos no odiaban? Las emociones quedaron reducidas al ámbito de lo privado pero encontraron su salida pública a través del arte. Sólo hace falta repasar el relato fundacional de Occidente, La Ilíada de Homero donde la cólera de su héroe es el motor del drama, o las distintas representaciones atormentadas de Cristo, “las representaciones mismas son mártires –escribía Lacan en su seminario veinte- de un sufrimiento más o menos puro”[3], para darnos cuenta que el tema central del arte fueron y son las pasiones.

Fragmento de “El Cristo de la Agonía” de Juan de Mesa

En ese último capítulo de El espejo de los otros se produce un diálogo revelador entre hermanos. ¿Tanto me odias? le pregunta Iris Guerrico (Graciela Borges) a su hermano Benito (Pepe Cibrián Campoy) a lo que este responde: No te imaginas cuánto.  Esta respuesta cifra muy bien la función del arte. El arte permitiría imaginar lo que no se puede pensar, lo excluido del pensamiento, lo que el razonamiento del siglo de las luces dejaba en la oscuridad. El arte sería pues un tratamiento, no sólo de los afectos, sino de lo que a primera vista parece incomprensible. Podríamos aventurarnos a establecer una hipótesis sobre ese odio, es decir, podríamos imaginar cómo nos invita la película a establecer una respuesta del odio entre hermanos. El hermano es un espejo, como insinúa el título del film, que a veces nos devuelve una parte nuestra menos amable de nosotros mismos. Una parte escondida que éste se atrevería a desvelar. Quizás, por este motivo, la película de Marcos Carnevale termina con uno de los hermanos gritando directamente a cámara. Como un espejo ese grito mudo estaría dirigido hacia nosotros, o más precisamente, a nuestra parte escondida.

Fotograma final de “El espejo de los otros”

[1] Lacan, J., Seminario 19: … o peor, Paidós, Buenos Aires, 2016, p 231.
[2] Didi- Huberman, G., ¡Qué emoción! ¿Qué emoción?, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2016,  p 29.
[3] Lacan, J., Seminario 20: Aún, Paidós, Buenos Aires, 2014, p 140.