/** */

Euphoria. Historias de sexo, amor y drogas.

Por Luis Darío Salamone
(Psicoanalista miembro de la EOL – AMP)

“Un buen día apareces sin un mapa o una brújula y debes elegir.”

 1- La infelicidad en la cultura

Siempre me resultó interesante que Freud pensara poner como título, al que sería uno de sus escritos más célebres, “La infelicidad en la cultura”, finalmente prefirió el término “malestar”. Allí consideró las cuestiones que se juegan a partir del conflicto existente entre las pulsiones y las restricciones que la sociedad impone a las mismas, cuyo resultado suele ser del orden del displacer. Desde sus primeros trabajos tomó en consideración la oposición que la cultura planteaba al libre desarrollo de la sexualidad. Desde niños se nos levantan diques, a partir de la educación, pero también de algo que va más allá de ella. Las restricciones pueden venir desde afuera o ser interiores. El superyó está al asecho. De a poco apareció en su teoría la pulsión de muerte. El concepto lacaniano de goce nos habla de una satisfacción paradójica que el sujeto puede encontrar en cosas que no le deparan necesariamente un bienestar.

No le resulta sencillo a muchas personas soportar el malestar que reina en la cultura. “Euforia” es precisamente un término que proviene del griego y significa “fuerza para soportar”.

La euforia es un estado en el que el sujeto experimenta un sentimiento de bienestar, de felicidad o de excitación. Algo se pone en juego que es del orden de la satisfacción. Muchas veces esta situación se alcanza a partir de tomar algunas drogas; aunque en ocasiones puede llevar a este estado la sexualidad, o bien caracterizar un episodio maníaco.

2- Tiempos de euforia

“Euphoria” es el nombre de una serie de televisión estadounidense que toma su idea de otra israelí que lleva el mismo nombre.

La serie nos permite ver en los tiempos actuales la relación que tienen algunos adolescentes, que son estudiantes del instituto, con el goce.

La historia del grupo de jóvenes comienza a ser narrada unos días después del ataque a las Torres Gemelas, de ese antes y después que implicó el 11 de septiembre de 2001, en cual dos aviones se estrellaron contra las torres del World Trade Center. Generó un clima de inseguridad, de una paranoia generalizada. El atentado terrorista no solo volteó dos torres sino que golpeó el alma de millones de personas.

Al margen de esto, el hecho de que las restricciones sociales no se jueguen de la misma manera que lo hacían en la época de Freud, determina una serie de reconfiguraciones que repercuten en la relación que los sujetos mantienen con su goce.

Sam Levinson, director de la serie, ha declarado que, para realizarla, se basó en lo que fue su propia experiencia con sustancias tóxicas. Pero la serie abarca mucho más que los problemas con las drogas: la relación con familiares o pares, la identidad, la sexualidad, el amor, la amistad, el papel de las redes sociales, la pornografía, las determinaciones familiares, la segregación o la violencia. Todo esto en apenas una temporada, por el momento, de ocho capítulos.

El primer episodio comienza con la protagonista narrando su historia. Rue (Zendaya), sale de un tratamiento de rehabilitación e inmediatamente compra drogas. Su madre se da cuenta y le pide una muestra de orina para hacer un análisis, ella recurre a una amiga para que le proporcione una muestra limpia. Si no hay un tratamiento que permita cierta metamorfosis en su relación con el goce, no hay razones para que ésta cambie. El consumo de drogas parece que en este caso tiene su raíz en el duelo, imposible de realizar por ese medio, por la muerte de su padre. Consumo y mentiras configuran el cuadro que suele repetirse en estos casos. Pero un dato de suma importancia es que su madre le hizo caso a los psiquiatras cuando le dijeron que había que medicar a la niña, mostrándonos las consecuencias de una infancia medicalizada.

Por su parte Jules, una chica transexual, que no tardará en unirse a ella, concurre a una cita en un hotel con un hombre mayor que conoció por una red social. Nos explica lo lógica de la seducción: si conquisto a los hombres conquista la feminidad.

Luego se producirá el encuentro, que es lo que le permite a Rue alejarse de las drogas. El destino de esta relación sintomática será uno de los ejes de esta temporada.

Varias historias se suceden y entrecruzan, como la de Kat, que pasa de estar mal con su cuerpo a explotarlo sexualmente con tal de sentirse deseada. La de Cassie, que se enamora rápidamente de cualquiera que le permita compensar el abandono paterno. O la Maddy, que parece una chica segura pero es agredida por su pareja, Nate, un joven de buen cuerpo, adinerado y con todo lo que pudiera esperar una chica de un hombre, pero violento; su vida ha sido quebrantada por un episodio traumático: descubrir las filmaciones de su padre teniendo relaciones sexuales con jovencitos. Un padre, de doble moral, que le enseñaba al niño que implicaba ser un hombre.

3- Un viaje solitario

La serie nos enseña que no hay educación alguna que pueda eliminar la pulsión de muerte. Que la medicalización psiquiátrica infantil puede llevar a la idea de las drogas como solución. Que podrán cambiar los tiempo pero hay algo estructural que hace que la cosa no funcione, que se trata de cómo uno se para ante eso y de las decisiones que toma.

Se ha hablado mucho sobre que Euphoria es una serie cruda, sin embargo retrata la realidad que pueden vivir algunos jóvenes, aunque no todos por supuesto. Se plantean temáticas de actualidad que son tratados con cierto tinte poético a partir de una paleta de colores, de la iluminación y del maquillaje. Los hechos suelen transcurrir de noche y tienen un aire de ensueño, parecen como iluminados por la pantalla de un celular, pero en los rostros  brilla la purpurina.

Los momentos finales donde Rue y Jules se separan son emotivos. Podría haberse tratado de un viaje compartido, pero algo falla, Rue piensa en la medicación que se olvidó en su casa.

La soledad se yergue como el partenaire más importante que puede tenerse en la vida. Quizás hubo otra posibilidad. Pero para eso habría que haberse subido al tren. Encima, como lo plantea Miller y ellos suscriben, esos adolescentes están sin una brújula. Saben que nada es para siempre, que las cosas pueden terminar mal, habitan en un laberinto de espejos, donde el narcisismo determina la forma de relacionarse.

Las escenas finales son un poético musical que se presta a diversas interpretaciones. Pero se trata de otro viaje en el que Rue baila y canta, con una multitud de bailarines y coros, pero inmersa en una apabullante y conmovedora soledad.