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La bella propietaria[1]

 Por Cécile Favreau
(Psicoanalista, miembro de la Escuela de la Causa Freudiana – París)

La intriga es lo propio del hombre, se podría decir, en tanto que está inscrita en la universalidad de las leyes del lenguaje; en este sentido, realiza las coordenadas simbólicas del “dramatismo de la vida humana”.[2] Sí, la intriga se conjuga en femenino y lo intrigante en la película Los puentes de Madison[3] es un amante, Francesca. Lo que se presenta en el escenario del mundo como indiscutiblemente banal y dramático a la vez -vivir una pasión amorosa y tener que elegir entre un marido aburrido y un amante magnífico- no es más que polvo rosa arrojado a los húmedos ojos del espectador. Veremos qué verdad está en juego para ella en lo que parece ser una elección imposible, y qué estrategia despliega la hábil Francesca en el escenario inconsciente al servicio de su modalidad de goce.

Francesca, de origen italiano, vive con su marido Richard y sus hijos Michael y Caroline en una granja de Iowa. Casados desde hace mucho tiempo, nunca se separarán. La pareja es dueña de una próspera granja, dos hermosos hijos, vive una vida sencilla, laboriosa. Francesca aprecia la sensación de seguridad que le procura su hogar, el hecho que nada cambiará jamás. Cuando su familia se ha ido a una feria en Illinois durante cuatro días, el fotógrafo Robert Kincaid (Clint Eastwood) aparece y le pregunta por una dirección. Ella, a través de los puentes cubiertos del Condado de Madison, guiará a Robert encargado de fotografiarlos para National Geographic. Él es una suerte de ciudadano del mundo, todo el tiempo en la carretera, sin hogar, que asume y reclama su libertad. Sin embargo, entre la pequeña ama de casa de Iowa y el bello aventurero, nacerá un amor apasionado. Durante cuatro días se abandonarán a su pasión. Se dejarán cuando vuelva la familia de Francesca. No se volverán a ver nunca más, de acuerdo con la promesa que se hicieron el uno al otro, pero se amarán secretamente durante toda su vida.

“Somos las decisiones que hemos tomado”, afirma Francesca. Un ideal orienta su vida: ser una perfecta mujer de Iowa, fiel a un marido gentil y decente, una madre dedicada a sus hijos, una buena ama de casa en medio de ninguna parte, una persona sencilla que da su vida a su familia. ¿Qué vida da? Aquella que ella sueña en futuro anterior[4]. Francesca renunció a ser maestra para cuidar a su hijo y porque “Richard no quería que yo trabajara”, dice. Hubiera amado volver a Italia. De su vida en Iowa dirá: “Estoy muy lejos de lo que soñé cuando era joven”. Su marido le rendirá homenaje en su lecho de muerte: “Sé que tuviste tus propios sueños. Siento no haberlos realizados.” Se ilustra aquí  la falta que se impone a las mujeres en su relación con el goce: desde el punto de vista de la estructura, Francesca es, en efecto, una mujer satisfecha.

Robert observa el mundo fotografiándolo, sin involucrarse jamás, hasta su encuentro con Francesca. En la cumbre de su amor, Robert le dirá: “No quiero necesitarte porque no puedo tenerte”; en este instante se desvela la posición femenina donde el amor la conduce. Robert la hizo existir durante estos cuatro días como una mujer más allá de la madre y la esposa. Cuatro días en los que por primera vez Francesca satisfizo todos sus deseos, experimentó todos los placeres: habló, se compró un vestido precioso, se puso pendientes, se soltó el pelo, se aventuró en un bar de jazz, hizo el amor – “Estuvo atento a todos mis deseos.”

En el momento de decidir entre quedarse o marchar, Francesca descubre que no está dispuesta a “darlo todo por ser todo”[5], incluso si durante estos cuatro días percibió los olores de un goce que la convertiría en Otra para sí misma: “Me comporté como otra mujer y, sin embargo, era yo misma más que nunca.” Pero – todo el mundo recuerda esta escena memorable, donde la intriga alcanza su clímax en la cima de la emoción – ella no baja la manija de la puerta del coche familiar para escapar con su amante. Ahí es donde sacamos los pañuelos.

“Quiero amarte como te amo ahora por el resto de mi vida, pero si nos vamos, perdemos el amor, y no puedo hacer que toda una vida desaparezca para empezar una nueva, todo lo que puedo hacer es guardar el amor que tenemos, en alguna parte dentro de mí….”

Francesca ha encontrado una solución fálica: se queda con todo – el amor, el marido, los hijos, la bonita granja de Iowa, su reputación, y sus sueños contrariados. ¿Cómo logra ese truco de magia y a qué precio?

La histeria consiste en ceder su deseo, es decir, en intercambiarlo: “Es una pasión fálica […] Es la pasión por excelencia del significante. Es la pasión por todos los signos del deseo, a condición de no satisfacerlo, es decir, reintroducir el menos phi”[6]. La maniobra de Francesca consiste en operar un tratamiento del amor como el de los sueños: renunciando a disfrutarlo – reintroduciendo menos phi – los guarda para siempre, objetos preciosos signos de deseo, inalterables reliquias fálicas momificadas, encerradas en un cofre: es en éste donde sus hijos descubren el cuaderno que cuenta esta historia, los recuerdos, las fotos. El arrebatamiento de la pasión es asumido por la “otra mujer”, la vecina que cometió adulterio, desterrada de la buena sociedad con la que Francesca se hará amiga: “La histérica introduce, en efecto, una sombra que es su doble, bajo la forma de otra mujer por cuya intermediación su deseo logra precisamente insertarse pero de manera escondida, puesto que ella no debe verlo.”[7]

 

TRADUCCIÓN: PABLO MARTÍNEZ SAMPER

[1] Texto publicado en la web de las jornadas N° 49 de la Escuela de la Causa Freudiana (ECF), “Femmes en psychanalyse”, de 2019 en París. Enlace al texto en francés: https://www.femmesenpsychanalyse.com/2019/06/24/la-belle-proprietaire/ 
[2] Lacan J., El triunfo de la religión, Paidós, Buenos Aires, 2006, p 21.
[3] Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995) dirigida por Clint Eastwood, protagonizada por él mismo y Meryl Streep.
[4] La autora juega con la ambigüedad que introduce el tiempo verbal francés, futuro anterior. En castellano “el futuro anterior” es el “futuro perfecto” pero hemos optado por traducir literalmente para mantener el juego, congelado, de tiempos que existe en las palabras francesas.
[5] Laurent, E., Posiciones femeninas del ser, Tres Haches, Buenos Aires, 1999, p 85.
[6] Miller, J.A., Del Síntoma Al Fantasma. Y Retorno, Paidós, Buenos Aires, 2018, p 194.
[7] Lacan J., Seminario VI: el deseo y su interpretación, Paidós, Buenos Aires, 2014, p 475.